Saltar para: Post [1], Pesquisa e Arquivos [2]

BandaLarga

as autoestradas da informação

BandaLarga

as autoestradas da informação

LAS COSTUMBRES DEL PAPÁ - Prof Raul Iturra

 

 

 

 

 

En 1981, en la casa de la familia Solís Iturra de Laguna Verde, se encontraba un grupo de nietos que los papás cuidaban, enseñaban y divertían. Era el hábito de él hacer bromas a los niños de la familia y hacerse él propio un niño. Era un hábito que había aprendido desde su infancia de hijo único y mimado, cuando sus primos Gutiérrez y Rivero lo iban a visitar durante las vacaciones de verano, que en el Chile de si infancia, duraban dos meses: todo enero y febrero. Los Merino estaban en los fundos o haciendas colindantes con la de él en la Provincia de Hualqui, 80 kilómetros al sur de Concepción. Hualqui, palabra mapudungu -no mapudungun: es un error de los filólogos llamarla así-, que en castellano significa aguas de légamo porque corría el río Biobío por una canal de acilla que todo lo ensuciaba, pero que ayudaba a la producción a la producción de vegetales por la riqueza de nitrato que traía en su seno. El papá, abuelo para unos, tío para otros, primo para varios, se crió desde muy niño en la compañía de los primos mencionados. Estaba habituado a ellos, los niños le hacían falta. El propio se inventó un niño que llevaba escondido en su corazón: es la tristeza del hijo solo, mimado y bien vestido y mejor estudiado en el mejor colegio de Concepción. De ahí a dar un salto a la Universidad para estudiar lo que él quería, Ingeniería Naval, era solo un paso, que realizó con la ayuda de su madrasta-su madre había muerto cuando tenía dos años y entre su padre, que no lo quería lejos de las tierras que heredó para que las aprendiera a administrar, y la segunda mujer que lo apoyó con dinero, se fue de las tierra para graduarse y navegar. Lo que consiguió con las mejores calificaciones. Además, en concepción estaba la muy cerrada familia vasca a la que él pertenecía y su deber era casarse con su prima directa Ema Iturra, promesa que no cumplió. En Valparaíso conoció a la mujer de sus sueños que estudiaba lengua y taquigrafía en la misma universidad y vivía en la casa de amigos de Concepción, Emilio Filippi- historia de Emilio en http://es.wikipedia.org/wiki/Emilio_Filippi - y su madre Genoveva. La nueva enamorada lo llevó como pensionista a la casa de sus padres y desde allí lo cuidó. Para ella. Casa de estudiantes en ciudad universitaria, era grande, tenía muchos pensionistas... Años después, el propietario, Ángel Redondo del Cacho, quién le había dicho al entrar: joven, esta casa es de mucho respeto, en esta casa no hay jaleo con su acento del país de origen Huesca, Principado de Zaragoza en España. Jaleo nunca hubo y pocos años después de pensionista pasó a yerno. Lo hizo abuelo de cinco nietos, más los que ya tenía, que jugaban con el nuevo yerno, los cuñados jóvenes, los hijos de las nuevas cuñadas y los hijos de pensionistas como él, como los hijos de Fanny Lozano, amiga de su mujer.

Los pensionistas acabaron, la casa volvió a ser una casa de dos cuadras, en las calles Victoria y Rancagua, con comunicación por dentro. ¡Era una alegría! El Ingeniero tocaba la harmónica, su mujer, madre para unos, abuela para otros, bisabuela para ocho, la guitara clásica que usaba para dar conciertos para la colonia española y ayudar a los compatriotas de su mujer a socorrer a los que venían vencidos de España por causa de una cruenta guerra civil entre republicanos y monárquicos. La familia no quiso oír esas diferencias, eran todos de la misma patria e iban a los conciertos. Él tocaba tangos en la armónica, ella Albeniz y Granados, piezas completas de estos compositores, recitaba poemas de García Lorca en su honor porque los monárquicos lo habían asesinado, y el abuelo, la mandolina, como en sus tiempos de 20 años cuando era miembro de la orquesta sinfónica de Barcelona mientras estudiaba Derecho en la misma ciudad para suceder en su cargo de notario real, a su padre Alonso, notario en Manresa, al lado de los conventos de Montserrat.

La casa era una alegría. En las tardes se hacía música preparada antes en ensayos y la segunda mujer del abuelo, Carolina Solís Bravo iba acompañando al piano con lo que sabía del colegio de las monjas en dónde había aprendido letras y ciencia, repostería y bordados, con las hijas mayores, que lo habían estudiado, especialmente la mayor, María.

Como el ingeniero viajaba mucho, se hicieron de cuatro cuartos para vivir: uno para la nueva pareja, otro para el heredero esperado por más de cinco años, un pequeño salón con muebles traídos desde las casas de España, en Alicante, dónde la nueva Señora Licenciada había nacido.

Si los días y las tardes eran de esa manera con el Ingeniero en casa, la vida corría como un río manso dentro de su cauce. Sin él, la casa seguía alegre por causa de la música que todos sabían y los instrumentos que tocaban y los cantos que cantaban, con la amiga de la madrasta, Marta Faúndez, que sabía tocar el armonio y tenía una voz de soprano dulce y atiplada. Las comidas hechas por el abuelo que había aprendido pastelería en Manresa, eran el manjar de todos los días y sus dos únicos hijos varones aprendieron con él. Uno, Ángel, falleció, el otro, vivió tantos años como suman nueve décadas. Si el nuevo marido era Ingeniero mecánico, el cuñado lo era de Agricultura. Entre ellos se entendían muy bien y eran amigos hasta el fin del Ingeniero no agrícola.

Tenía por costumbre cando andaba a pié por las calles de los cerros de Valparaíso, de tocar los timbres de casas que no eran de él y se escondía, quedando la primera hija del nuevo matrimonio y yo con el cargo de molestar a los vecinos. ¡Era un niño! Blanquita y yole llamábamos la atención, pero nos decía ¡ay tú!, con voz apitonada. Pero si aparecía gente, volvía a ser el señor que todo el mundo conocía: elegante, bien vestido, bañado en perfume Atkinson después Old Spice de nuestra tienda de vestir, Xuga, en el centro de Valparaíso.

El tiempo pasó, los bebés crecieron, se formaron en diversos ramos de la ciencia humana e natural, quedaron los nietos que aprendieron los mismos gestos y costumbre de nosotros, sus tíos. Parecía u señor, no solo por el evangelio, sino por sus formas de vestir, seducir a toda señora que se le cruzara por el camino, siempre con buenas intenciones, lo que nos enseñó: tu mujer es tu mujer y debes respetarla, como hago con la mía. Pero una cosa era decir, otra hacer. Como su historia está en los libros, a ellos me remito y sabrán como era el clavel de las niñas

Siempre me preguntaba: ¿cómo se ve Don Genaro? Haciendo alusión a su padre Carlos Genaro, de su mismo apellido, pero nunca tan elegante y seductor como él: los dos de ojos azules, bigote rubio, cabello castaños mas de oro que de ébano. Eran una joya padre e hijo único y el nieto que firma este texto, heredó los rasgos y costumbres de su mujer.

Falta me haces, papá, a todos nosotros, hijos, nietos y bisnietos. No me dejaban entrar a Chile, tú me fuiste a ver a Gran-Bretaña, me sentaba en el sofá verde hábitat de mi estudio, hablábamos de El Pino, su heredad, me daba consejos de cómo tratar a los trabajadores, yo oía con respeto porque él era Gran Señor y Raja diablos y yo era formador de sindicatos y pensé hacer una cooperativa del fundo. Hasta el día de hoy, pero el tiempo pasó, sigo en exilio, siempre te lo oculté para que no sufrieras ….

¡Atención! ¡Paren el tránsito, el niño que creció de puertas afuera, va a enterrar!

El día que te llamé en Marzo de 1990, no tenía con quién confidenciar. Raúl Iturra Merino ya no estaba más, apenas los libros de historia y éste presente incierto que vivimos. Que tú cuidas desde el coro de los ángeles, con tu armónica y el concierto en re para violín de Tchaikovski, que aprendí sentado en tu falda, como también a leer porque leía las letras de tus inmensos libros hasta que tuvieron significado para mí….

Dejaste una cantidad de ingenieros y hombres y mujeres buenos, porque los ciaste a todos

Raúl Iturra

29 de agosto de 2014.

lautaro@netcabo.pt